jueves, 9 de abril de 2009

Jueves Santo - ANTE EL SUFRIMIENTO


ANTE EL SUFRIMIENTO
Que cargue su cruz y me siga
Mt 16,21-27

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados y desfigurados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana a adoptar ante el sufrimiento.

Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.

En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas.

Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de su sufrimiento) que hemos de ir suprimiendo de nosotros precisamente si queremos seguir a Cristo.

Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para El ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios.

Es una equivocación creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.

Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer de entre los hombres el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese sufrimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado, la muerte.

El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás».

Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehuye, sino que lo asume en una actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.

Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Cristo y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento.

Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que sólo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar detrás de él.

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