viernes, 4 de junio de 2010


ORACIÓN EN TIEMPOS DE PEDERASTIA

Si tú me dejas, me sentaré en la popa de tu barca, Señor. Hoy ocurre al revés que aquel día en que tú dormías y los discípulos tenían miedo a la tempestad; ellos duermen y tú estás despierto. La tempestad es diferente: son olas mediáticas, historias terribles, lacras puestas al descubierto en todo el mundo de un pecado inconfesable: la pederastia.

Un prestigio mantenido en las apariencias, unas vidas recubiertas de sacralidad han ocultado un mal innombrable, hasta levantar un viento impetuoso que amenaza con hundir esta barca de Pedro.

Tu Iglesia, que en las recientes calendas ha puesto, por obsesión de tus pastores, el acento en la moral sexual, se ve socavada por el escándalo. “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos más le valdría que le ataran a una piedra de molino y lo arrojaran al mar”, dijiste. Y tus palabras resuenan terribles en estos momentos. Sé que en esta epidemia de pederastia hay muchos elementos mezclados:

  • los hechos reales incontestables con datos objetivos;
  • la veda levantada contra los curas;
  • el dinero, que ha convertido esta lamentable situación en un lucrativo negocio para abogados y víctimas;
  • la represión de siglos de la ley impuesta del celibato que no es de “derecho divino”;
  • el deterioro de una sociedad que ha perdido el norte de los valores;
  • la morbosidad que para los medios suponen estas noticias;
  • el oscurantismo de sacristía que ha ocultado culpablemente estas desvergüenzas;
  • el revanchismo anticlerical de sectores que se han visto en algunos países dominados y hasta vapuleados por el clero;
  • las diversas varas de medir, cuando las encuestas delatan que este mal moral es sin comparación más frecuente en el seno de las familias que en la Iglesia, aunque sin duda la Iglesia está más obligada que nadie a dar ejemplo y abominar de este pecado;
  • la angustia y depresión del ambiente;
  • el hartazgo de una sociedad montada en el neoliberalismo económico y el consumo que induce a una búsqueda de nuevos vicios prohibidos;
  • el olvido de la santidad y el buen ejemplo que también existen;
  • en fin, mucha cizaña mezclada con trigo en estos albores del siglo XXI.

Te pido luz, Señor, y amor y valentía para que sepamos actuar. Valentía para extirpar el mal y acatar la ley civil con todas las consecuencias que, como a cualquier ciudadano, atañe también a la pederastia de los eclesiásticos. Para apartar la mala hierba que ahoga el trigo.

Pero al mismo tiempo misericordia con el pecador dentro de la Iglesia, que no es nunca ni ocultar ni dar largas a estas personas, pero sí perdonarlas si muestran arrepentimiento como manda tu evangelio. Ayudarles a curarse en lo que tienen de enfermos. Y en ningún caso arrasarlos con un linchamiento popular a la usanza del viejo Oeste. Pues Dios quiere que el pecador se convierta y se salve.

Te pido por tus seguidores de hoy, los cristianos, para que esta galerna no nos hunda, sino que nos purifique y libere. Para que aprendamos a apearnos de tanta prepotencia de siglos y falsas seguridades de creernos los mejores y a mostrar tu auténtico rostro en el mundo de hoy. Que no es de puros y perfectos, sino de gente que pide perdón y perdona, como nos enseñaste en el padrenuestro, que devuelve bien por mal, que no busca la gloria de los grandes titulares, sino la venida de tu reino y que se haga tu voluntad con la oración del pobre publicano y la alegría de la viejita que encuentra su dracma y la personal búsqueda del buen pastor y el buen samaritano.

Te pido alegría para llevar esta cruz de la Iglesia con fe en la resurrección, que es también valorar la mayoría, a toda esa buena gente que lucha y da ejemplo en silencio y aprovechar esta noche oscura para crecer y creer con nuevos bríos.

Que esta y otras situaciones que atravesamos nos derroquen de los castillos de seguridades, poder e intransigencia para volver aquí a tu barca frágil capoteando en el mar de la vida con los ojos puestos en ti, nuestro verdadero timonel y en tus manos liberadoras, aplacando la tempestad.

Que aprendamos a poner la confianza en tu corazón de amigo y no en los dogmatismos, los códigos, los santos oficios, el poder de la organización y la burocracia.

Como, cuando de niño, guardaba una pequeña estampa en la cartera, ingenua, sí, pero entrañable. En ella estaba yo, cualquiera de nosotros, con las manos al timón y mi gorra de marinero. Pero detrás eras tú el que en realidad lo empuñaba. Debajo, la ingenua, pero siempre válida jaculatoria: “En vos confío”.

Amén.

Pedro Miguel Lamet sj

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