jueves, 26 de julio de 2012

Mensaje de Despedida de Carlo y Maria Carla Volpini



Hemos llegado al final de nuestro espléndido encuentro. También nosotros hemos llegado a la última meta de estos espléndidos seis años de servicio en la responsabilidad del Movimiento.

Es tiempo de despedidas y hora de hacer balance.

En estos momentos nos gustaría pasar inadvertidos y en silencio, irnos de puntillas. Y, al mismo tiempo quisiéramos abrazar estrechamente uno por uno a todos los que en estos años hemos conocido, escuchado, observado, a todos aquellos con los que hemos caminado, con los que hemos llevado a cabo un pequeño proyecto, o con los que sencillamente hemos orado juntos.

Tenemos que hacer esta última intervención para recordar, agradecer, saludar, pasar el testigo a la nueva pareja responsable... Después de tantas palabras leídas, pronunciadas, escuchadas en estos años, viene a nuestras mentes una sola: Magnificat. Y tal vez sólo ahora comprendemos el sentido profundo de esta breve palabra que desde hace más de cuarenta años acompaña nuestros días, recitada individualmente, en pareja, en equipo, con decenas y cientos de otras personas en las reuniones de equipo en las que hemos participado en distintos países del mundo, o en distintos encuentros del Movimiento en los que hemos convivido en el curso de estos años. Al término de este nuestro servicio, hoy decimos con fuerza y verdad: proclama nuestra alma la grandeza del Señor porque ha hecho maravillas a favor nuestro, Él, que es Omnipotente.


Sería fácil darle gracias por todo cuanto hemos recibido. Podríamos hacer una larga lista de muchos dones, una especie de lista de boda. Pero nuestro magnificat de hoy se debe sobre todo a tantas cosas inesperadas, inéditas e imprevisibles que hemos recibido en este espacio y tiempo de vida. Nos ha sucedido como en las bodas de Caná: fuimos invitados a una fiesta, el servicio de responsables internacionales, y nos preparamos, nos vestimos, hicimos programas, y después, día tras día, ¡cuántas cosas inéditas e inesperadas! Nuestra alma glorifica al Señor porque ha hecho grandes cosas por nosotros, haciéndose Palabra en vuestras palabras, Gesto en vuestros gestos, Rostro en vuestros rostros.

Pero entes de despedirnos de vosotros hay que vivir necesariamente un tiempo: el tiempo de la memoria de estos años, porque "sin memoria, todo proyecto es utopía; sin proyecto, la memoria se hace sólo lamento; sin consciencia actual, memoria y proyecto no serían más que evasión" [.Y sólo en la conjunción de las tres palabras -memoria, proyecto, consciencia- el pensamiento puede llegar a ser rico en discernimiento y en juicio, capaz de hacer que broten nuevas orientaciones.

Nuestra memoria de este servicio comienza por la inmensa emoción vivida en Lourdes el día en que se inició nuestra responsabilidad. De aquel día queremos recordar algunas palabras que dijimos, porque desde allí arrancó nuestro camino.

"El primer objetivo de la responsabilidad que vamos a asumir es servir al Movimiento en las personas de tantos como forman parte del mismo, tejiendo una red de relaciones, en base a palabras y consideraciones que permitan ser fecundos en el camino de amor que el Señor quiere para nuestra salvación y según las orientaciones que el Padre Caffarel nos señaló como guías de nuestro modo de vivir la fe y la vocación conyugal. Creemos que la relación es hoy, más que en cualquier otro tiempo, la más significativa posibilidad que nos ha sido dada de hacer que nuestra fe sea viva. La relación con la Trinidad constituye el fundamento de la fe; la relación entre Dios y los hombres es la base del camino de la salvación; la relación entre un hombre y una mujer es el principio y el fin de su amor. Pero ninguno de nosotros puede decir que vive plenamente el significado profundo de la relación, tanto del amor como de la fe, si, en el plano humano, se limita a vivirla, en un trato individual, entre uno mismo y su cónyuge, y en el plano teologal, entre uno mismo y Dios. En realidad, la relación a la que todos y cada uno de nosotros está llamado, es la relación de la comunidad humana y eclesial".

Éstas fueron las palabras que pronunciamos en Lourdes el año 2006, y que hoy queremos hacer que lleguen a nuestro corazón y al vuestro, para reafirmar que sobre esta palabra, "relación", hemos procurado vivir nuestro servicio, para tejer aquella red de vínculos y nudos de amistad y de fratermidad de una a otra parte del mundo, allí donde esté presente la realidad de los ENS.

Es cierto que no hemos podido conocer a todos, pero todos los equipos y todos sus componentes han sido una realidad viva en nuestros pensamientos y en nuestros corazones, atentos, en la medida de lo posible, a las necesidades y exigencias de todos, dispuestos a volar de un extremo al otro del mundo para hacer sentir en la máxima medida posible que el Movimiento es una realidad viva y vital, y que el Equipo Responsable Internacional tiene como primer objetivo animar la vida espiritual y hacerse cargo de tantas situaciones que tienen su origen en las diversas culturas y realidades sociales, siempre dentro de la unidad del carisma y de la metodología que nos une.

El mismo ERI ha llegado a ser una realidad itinerante y ha desarrollado su labor estos años no siempre en París, sede histórica y oficial del Movimiento, sino también en otros países, empezando por los más lejanos y más pequeños por la dimensión de los equipos: en Córdoba (Argentina), en Beirut (Líbano), en Quebec (Canadá). Los Colegios, como es costumbre consolidada desde hace muchos años, nos han llevado a casas de las diversas Super Regiones del mundo: Durham, Fátima, Roma, Madrid, Bogotá, Brasil. Y, por último, nuestros viajes personales para responder a las invitaciones de una u otra Región o Super-Región: Polonia, Francia, Florianópolis en Brasil, Bélgica, Bristol en Inglaterra, Albania, Edmonton (norte del Canadá), isla de Madeira, Angola. Todo ello ha constituido un patrimonio valiosísimo de conocimientos recíprocos, de relaciones, de vida, no solo a nivel personal, sino como riqueza de todo el Movimiento, que ha podido vivir la internacionalidad como una realidad concreta y no como una palabra que añadir a los documentos oficiales.

En todas partes, tanto en los países grandes como en los pequeños, hemos sido recibidos como se recibe a un amigo esperado con gozo, y con el que se sabe que es posible compartir la profundidad de los valores de la fe y de los ideales de vida. Hemos procurado construir puentes con los ladrillos de la amistad, de la oración, de la escucha recíproca, de la convergencia de nuestras vidas. Sobre estos puentes que unen a todos los equipos del mundo debemos seguir caminando con seguridad y con pasión, teniendo por mapa las palabras que constituyen las nuevas orientaciones que nacen de esta XIª reunión: "Atreverse a vivir el evangelio": Matrimonios en los que habita el amor de Cristo, vivamos cada día en los caminos del mundo preocupándonos del hombre.

¿Qué significa que el amor de Cristo habita en nosotros? ¿En qué pensábamos cuando en el ERI dejamos escrita esta frase tan comprometedora? Pensábamos en las palabras que a nosotros en particular, parejas de los ENS, nos dirigieron algunos sacerdotes, como aquellas del obispo Russotto en Lourdes: Dios ha sembrado en vosotros la vocación del amor; en el mundo y para el mundo. Sois el Evangelio del amor nupcial que Dios narra en la historia. Como la Virgen María, sois el tabernáculo de carne en el que Jesús quiere habitar, descansar, revelarse. Sois el beso de Dios en la historia .

O como las de Mons. Renzo Bonetti en Roma: "Nos enseñaron a contemplar a Dios en las estrellas, en la variedad de las flores, en la belleza de un paisaje, en la frescura que dimana de las aguas que discurren en torrentes; nos enseñaron a admirar la infinitud de Dios en el océano, en el mar, en la majestad de las montañas... Intentad preguntar a las montañas cómo vive Dios... Si en todas estas montañas hubiera una sola pareja, hombre y mujer, esa pareja hablaría de Dios más que todas las montañas juntas, porque Dios es amor. Las montañas no me manifiestan que Dios es amor; el cielo estrellado no me revela que Dios es amor; la belleza de las flores no me aclara que Dios es amor. El Dios que es amor lo adivino en la belleza de un beso entre un hombre y una mujer; ésta es la imagen más bella, porque me revela al Dios amor. Lo que me lleva a comprender quién es Dios, es realmente el hombre y la mujer, su relación. Dios se expresa en la pareja humana; pero la pareja humana puede, más aún, está llamada a «decir» Dios, y dice Dios en un mundo más asequible y más creíble para el mundo de hoy. Vosotros podéis decir Dios sin pronunciar el nombre. Podéis ser su presencia de amor sin poner en acto los ritos de ese amor divino. Esto es el decirse de Dios. Vosotros seréis aquella roca que, golpeada por el bastón del Espíritu Santo, del sacramento, puede hacer brotar verdaderamente los torrentes de agua viva para este mundo armónico .

Y después la segunda orientación: "vivamos cada día en los caminos del mundo". En los caminos del mundo... ¿y en qué otro sitio podremos y deberemos vivir nosotros que trabajamos cada día en los puestos más variados: fábricas, escuelas, mercados, oficinas, hospitales, campos de cultivo? ¿En qué otro sitio podremos y deberemos vivir nosotros que somos padres, frecuentamos las escuelas y los lugares en que nuestros hijos se mueven? Lugares hermosos cuando nuestros hijos viven con serenidad su desarrollo; lugares de la transgresión y de la marginación cuando nuestros hijos se desvían por caminos descarriados... ¿En qué otro sitio podremos y deberemos vivir nosotros que, ya adultos, estamos llamados a acompañar en su vejez a nuestros padres ancianos, y con ellos atravesamos los ámbitos del cansancio, de la soledad, de la enfermedad.

Pero en los caminos del mundo no están solo nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos. En los caminos recorridos por el hombre, recordaba don Tonino Bello , están también todas aquellas mujeres y todos aquellos hombres sumidos en la soledad y el abandono, aquellos que no saben ni siquiera llorar, que permanecen mudos en su dolor y que, en cambio, lanzan piedras como si fuesen lágrimas; en los caminos del hombre están también todos aquellos hombres y todas aquellas mujeres que han permanecido recluidos en situaciones de degradación social y cultural, aquellos a los que se ha negado el pan de cada día, el trabajo, el derecho a vivir el calor de un hogar y de una familia, aquellos a los que parece haberse negado todo derecho fundamental de la persona.

Vivir en los caminos del mundo. Queremos decir: buscar y encontrar la fuerza para hacer añicos todos los sepulcros en los que la prepotencia, la injusticia, el pecado, la riqueza, el egoísmo, la enfermedad, la soledad, la traición, la miseria, la indiferencia... han sepultado vivos a tantos hermanos nuestros.

Vivir en los caminos del mundo es llevar dentro de nosotros y comunicar al mundo la resurrección de Cristo, o sea, transmitir mensajes de esperanza a todo hombre que sale a nuestro encuentro, ser para este hombre el signo de esperanza que para él sería Cristo.

Vivir en los caminos del mundo porque -nos invitaba también a reflexionar el obispo Tonino Bello- nuestra credibilidad de cristianos nos la jugamos, no en base a las genuflexiones que hacemos en la iglesia, sino en base a la atención que sepamos dedicar al cuerpo y a la sangre de todos aquellos que no encuentran un lugar de acogida y de liberación .

No tenemos que emprender cruzadas. Tenemos todos los medios para revolucionar el mundo por lo que a nosotros respecta: dialogar con los hombres, escucharles, acoger la Palabra de Dios y hacerla viva mediante nuestras obras, estar dispuestos a compartir, a verificar nuestras opciones y nuestras acciones, a imponernos a nosotros mismos buenas normas para nuestra conversión. ¿No son éstas las reglas que nos recuerda el Movimiento a través de la sentada, la puesta en común, la participación, la regla de vida y la oración?

Y por último: preocupándonos del hombre. ¿De qué hombre? Por supuesto, si decimos "hombre", pensamos en la persona que sale a nuestro encuentro, el amigo, el familiar y también el vecino con el que cruzamos la mirada y hacemos una parte del camino. Pero este alguien al que estamos llamados a responder no es sólo el vecino de casa o el que pertenece al círculo de personas conocidas, o al grupo del que formamos parte, sea religioso, parroquial, social o político, sino la humanidad entera de la que debemos hacernos cargo responsablemente, en una consciente situación de interdependencia de la familia humana. El otro, en la realidad globalizada de nuestro mundo, ya no es únicamente el "tú" con el que podemos establecer una relación directa; es también aquel al que tal vez nunca conoceremos a pesar de tener un rostro y un nombre concreto, pero del que debemos preocuparnos porque forma parte de la familia humana .

La realidad de hoy es muy difícil de vivir. Y probablemente es aún más difícil vivir la fe. El riesgo que corremos todos frente a las dificultades objetivas del presente es el de encerrarnos en un estéril individualismo saturado de sentimientos nostálgicos orientados al pasado. Pero debemos ser conscientes de que si falta la promesa del futuro, se debilita también el deseo del presente.

Dentro de pocos meses será el 50º aniversario del Concilio Vaticano II. Un Concilio que derribó muros y abrió puertas al infinito, pero que todavía, tal vez, espera realizarse plenamente. Juan XXIII lo inauguraba solemnemente el 11 de octubre de 1962 con el célebre discurso Gaudet mater Ecclesia ("Se alegra la Madre Iglesia"). A los cincuenta años de aquel día podemos también nosotros todavía hoy gozar Atreviéndonos a vivir el Evangelio, que es la noticia más bella jamás anunciada al hombre.

De aquel Concilio se derivaron tres logros teológicos fundamentales, como subraya el Padre Bartolomeo Sorge , al que muchos de vosotros conocéis, por las numerosas veces que ha hablado a los ENS, y que nos acompaña en el camino desde que éramos poco más que adolescentes:

• la eclesiología de comunión que, al definir la Iglesia como pueblo de Dios que camina en la historia, subordinó la institución a la comunión, revalorizando el papel de los laicos en la Iglesia

• la teología de las realidades terrenas, con la que la Iglesia clausuró los "tiempos de cristiandad" y abrazó el tiempo evangélico de la laicidad, abandonando el clericalismo y declarando que la responsabilidad de conservar y transmitir el depositum fidei exige que se asuma la dimensión histórica de la salvación, cometido específico de los laicos.

• la teología bíblica que declaró que la Biblia, hasta entonces "libro sellado", reservado a unos pocos, es un "libro abierto" a todos. Ello dio por resultado una vuelta a la espiritualidad bíblica y una renovación de la oración personal y de la comunitaria.

¡Tenemos suficiente para sentir que es más necesario que nunca "Atreverse a vivir el Evangelio"!

Es éste un tiempo en que todo se cierra -ha dicho hace pocos días el Cardenal Sepe en Nápoles-. Por eso, cuando todo se cierra, la Iglesia debe abrir: abrir cada día una nueva puerta, la de una iglesia, la de un centro de escucha, la de una casa que acoge. Sobre todo debe abrir las puertas del corazón. Sólo así será posible ganar también batallas imposibles .

Para abrir las puertas tenemos que ser capaces de ponernos en movimiento; y, por otra parte, la vida misma es movimiento, el amor es movimiento, la relación con los otros es movimiento. También la fe es movimiento: movimiento hacia Dios. Si elegimos el inmovilismo no elegimos la vida, no elegimos el amor, no elegimos la relación con el otro, no elegimos a Dios.

Para abrir las puertas tenemos necesidad de confianza, de entusiasmo, de pasión. Confianza en la palabra de Dios que ha prometido caminar con nosotros hasta el fin de los tiempos; entusiasmo, recordando la raíz etimológica de esta espléndida palabra que significa lleno de Dios, con Dios dentro de sí; y pasión, otra espléndida palabra de la que debemos apropiarnos en su más bello significado, que es precisamente el de la lengua brasileña: apaixonado, es decir, enamorado, enamorado del hombre, enamorado de Dios.

Confianza, entusiasmo y pasión para "Atrevernos a vivir el Evangelio", realidad siempre presente y siempre viva.
Estáis aquí delante de nosotros; y con vosotros, junto con vosotros, están todos los equipiers del mundo, todos aquellos con los que en estos años nos hemos encontrado, aquellos que hemos conocido durante un día o durante una hora. Con vosotros, y gracias a vosotros, hemos crecido: nuestra humanidad se ha hecho más dulce porque ha respirado vuestro aliento; nuestras mentes han visto horizontes más amplios porque se han alimentado de vuestros pensamientos; nuestra fe se ha hecho más adulta porque se ha llenado de vuestro camino de fe compartido con nosotros. En este momento se diluye la dimensión del servicio: el nuestro es el vuestro, no solo porque acaba para nosotros y para alguno de vosotros, mientras comienza para otros, sino porque lo que sentimos en nuestro interior es solo una grande, intensa emoción por todo lo que hemos recibido en estos años. Quisiéramos abrazar a cada uno de vosotros para haceros sentir en el calor del abrazo, nuestra emoción; y para poder decir todos juntos, en plena autenticidad de sentimientos y en plena conciencia de fe: 

¡Proclama nuestra alma la grandeza del Señor, porque el Omnipotente ha hecho maravillas en favor nuestro!





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