martes, 10 de noviembre de 2015

REDENCIÓN - III Encuentro de Responsables Regionales, Roma 2015




“Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz….” (Isaías 52,7)

La Iglesia ha proclamado siempre la santidad del matrimonio, desde la antigüedad hasta nuestros días, una santidad que proviene de su dignidad de sacramento. San Antonio de Lisboa decía a los jóvenes cristianos que era bueno casarse y la misma enseñanza nos dejó San Juan Pablo II en obras tan significativas como Amor y responsabilidad y las Catequesis sobre la teología del Cuerpo, libros de lectura obligatoria para las parejas de los Equipos de Nuestra Señora.

Los bienes del matrimonio que son los hijos, la fidelidad y el sacramento, muestran que el matrimonio es una realidad buena que se corresponde con el pensamiento de Dios. Como sacramento, el matrimonio se convierte en señal eficaz del misterio de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia.


Sin embargo, lo que era santo en el pensamiento de Dios sabemos que fue perturbado y corrompido por el pecado. Desde el principio, desde el momento en que el hombre y la mujer pretendieron ser como Dios, por la tentación del maligno, la relación hombre-mujer, que debía ser una relación de comunión y de fecundidad al servicio del amor y de la vida, se convirtió en una relación de dominio al servicio del egoísmo y del placer.

Por tanto, estamos llamados a redimir nuestra relación esponsal, incluyendo nuestra sexualidad que nos constituye desde la creación en hombres y mujeres. Nuestra relación de pareja que se traduce y vive a través de la plenitud de nuestra sexualidad, debe ser purificada, redimida, para que pueda ser utilizada como camino de santidad al servicio de la unión y de la vida.

Esto último quiere decir que el sacramento del matrimonio o la gracia del sacramento buscan transformar la lógica del deseo en la lógica del amor oblativo, del amor puro que debe reinar entre los esposos, volviéndose entonces por la gracia, en amor unitivo y procreativo.

La Redención de los esposos y la redención de nuestra sexualidad, nos llega por la gracia del sacramento del matrimonio, que hace que la sexualidad vivida en la relación conyugal por los esposos que se aman en el Señor, sea unitiva y abierta a la vida. Es decir que sea un amor casto. Podemos concebir y hablar de una castidad conyugal, entendida como la condición para un amor fiel, respetuoso y delicado. Esta condición es una gracia que tenemos que pedir muy humildemente. Los puntos concretos de esfuerzo son los signos visibles de la misma y que el Movimiento nos propone para buscar la Santidad en nuestro hogar.

Fundamentales para la redención integral de los esposos son la oración conyugal y el deber de sentarse, sin olvidar que no hay vida espiritual ni santidad conyugal sin la frecuencia de dos sacramentos: el sacramento de la Penitencia que nos purifica del pecado y de todo egoísmo y el sacramento de la Eucarística, en el cual recibimos el pan de vida que nos hace fuertes y redimidos en el Señor.

Sin la oración conyugal y sin el deber de sentarse será muy difícil vivir una relación matrimonial y una relación conyugal en el Señor. Por aquí pasa la Redención de nuestros cuerpos para que sean siempre miembros vivos del Cuerpo de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo.

(Resumen de la meditación del Padre José Jacinto Ferreira de Farías, SCJ, Consiliario del ERI, III Encuentro Internacional de Responsables Regionales, Roma 2015).

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